Cómo las democracias electorales se expandieron en los últimos 200 años
Aunque hoy hay preocupaciones sobre su funcionamiento, la historia muestra un avance notable: más países eligen a sus líderes, el voto se universalizó y la competencia política creció. Un vistazo largo para entender lo que ganamos y lo que hay que defender.
La mayoría de la gente en el mundo cree que la democracia es una buena forma de gobernar un país. Sin embargo, muchos están disconformes con cómo funciona en la práctica y miran con preocupación hacia adelante. Estos temores coinciden con lo que muestran encuestas de expertos que siguen el estado de las democracias en todo el planeta.
Si uno mira solo la última década, el panorama es complicado: docenas de países retrocedieron en libertad electoral, derechos civiles y controles al poder. Pero cuando se toma distancia y se observa el arco más amplio de los últimos doscientos años, aparece una tendencia clara de progreso notable. El mundo era profundamente antidemocrático y, a pesar de los retrocesos, hoy es mucho más democrático que hace medio siglo.
Esa evolución nunca fue lineal ni segura. Los derechos y las instituciones que damos por sentadas se construyeron a través de victorias parciales y derrotas rotundas. Entender ese recorrido largo no sirve para minimizar los problemas actuales, sino para valorar lo que se logró y entender el esfuerzo constante que hace falta para protegerlo y ampliarlo.
De monarcas y élites a líderes elegidos
A fines del siglo XVIII, los líderes políticos casi siempre llegaban al poder por herencia, por la fuerza o por acuerdos entre élites. La mayoría eran monarcas que heredaban el trono de sus padres. Los parlamentos, cuando existían, estaban llenos de aristócratas y burócratas.
En los dos siglos siguientes eso cambió de manera radical. Hoy la gran mayoría de los gobiernos y parlamentos se eligen en urnas. Aunque todavía hay golpes de Estado y algún que otro monarca con poder real, son excepciones. Según datos del Lexical Index, a fines del siglo XVIII solo dos de 76 países tenían tanto parlamento elegido como gobierno elegido: Reino Unido y Estados Unidos.
El salto se dio sobre todo en la segunda mitad del siglo XX. En 2025, 165 países tenían tanto parlamento como gobierno electos, aunque la cifra bajó desde el pico de 176 alcanzado en 2016. Hubo olas de avance después de la Primera Guerra Mundial, en los años 60 y tras el fin de la Guerra Fría, pero también caídas durante la Segunda Guerra y principios de los 70.
El largo camino hacia el voto universal
Tener elecciones no es lo mismo que tener elecciones en las que casi todos puedan votar. Hace doscientos años el voto era un privilegio de pocos: hombres, propietarios, contribuyentes, de determinada religión o color de piel.
Esas barreras fueron cayendo de a poco. Nueva Zelanda fue el primer país en otorgar el voto universal en 1893 al incluir a las mujeres. El avance se aceleró recién después de la Segunda Guerra Mundial: de menos de dos docenas de países con voto universal en la práctica, se pasó a casi 150 cuando terminó la Guerra Fría.
Hoy las restricciones formales por género, ingresos o etnia casi desaparecieron en la mayoría del mundo. Quedan límites por edad, ciudadanía o antecedentes penales, pero el derecho al voto se extendió a la inmensa mayoría de los adultos.
Cuando las elecciones realmente importan: la competencia
Elecciones y voto universal no alcanzan si no hay competencia real. En muchos lugares los resultados eran cantados: un solo candidato, oposición perseguida, fraude descarado o medios bajo presión. Cuando el que está en el poder casi nunca pierde, la rendición de cuentas desaparece.
En las últimas décadas, sin embargo, las elecciones se volvieron más competitivas en muchos países. Los incumbentes pierden con mayor frecuencia y eso los obliga a gobernar pensando más en lo que quiere la gente.
Un indicador útil es el “electoral turnover”: cuántos países vieron un cambio de gobierno reciente por las urnas. Ese fenómeno era rarísimo hasta el siglo XX. Tuvo picos después de la Primera Guerra y sobre todo en los 90, cuando más de la mitad de los países registraron cambios de poder. En 2025, 111 de 199 países habían tenido un recambio reciente por elección.
No es un indicador perfecto –Japón, por ejemplo, tuvo un partido dominante durante décadas sin fraude–, pero capta bastante bien cuándo las elecciones empezaron a doler de verdad a quienes gobiernan.
El punto en que todo se junta: democracias electorales
Cuando se combinan las tres piezas –gobierno y parlamento elegidos, voto universal y competencia real– se llega a lo que el Lexical Index llama “democracia electoral”. Hasta fines del siglo XIX no había ningún país que cumpliera los cuatro criterios al mismo tiempo. Nueva Zelanda en 1893 fue la primera.
El número creció lento durante décadas y recién en los 90 las democracias electorales se convirtieron en mayoría. En 2015 llegaron a su pico histórico con 130 países. Para 2025 la cifra se ubicó en 117, frente a 82 que no cumplen todos los requisitos. Los retrocesos son visibles: la caída en los años 30 es dramática, y la más reciente afectó a países de distintos continentes.
No solo países, también personas
Contar países importa, pero más todavía saber cuánta gente vive bajo estas reglas. En 1900 menos de un millón de personas vivía en una democracia, todas en Nueva Zelanda. La incorporación de India en 1950 sumó más de 300 millones de golpe. En las décadas siguientes cientos de millones más se sumaron.
Aunque el texto se corta antes de dar la cifra final más reciente, el patrón es claro: durante el siglo XX la cantidad de personas viviendo en democracias se multiplicó varias veces. Eso cambia la perspectiva: aunque haya retrocesos en algunos lugares, la experiencia democrática alcanzó a una proporción mucho mayor de la humanidad que hace un siglo.
Mirar este recorrido largo no borra los problemas actuales. Al contrario: ayuda a dimensionar lo que está en juego. Las instituciones que hoy parecen normales fueron construidas con esfuerzo y pueden retroceder. Defenderlas y mejorarlas sigue siendo un trabajo diario, tanto en las urnas como en la calle, en los medios y en la vida cotidiana digital donde también se discuten y se defienden estas ideas.