Por qué cada vez más jóvenes no entran al mercado laboral y los mayores se quedan trabajando
Un análisis de datos revela que los jóvenes argentinos y de varios países posponen su ingreso al trabajo mientras los adultos mayores extienden su vida laboral. Qué está cambiando en los hábitos digitales y cotidianos.
Hace apenas unos años parecía que el ritmo de la vida laboral era predecible: estudiabas, te recibías alrededor de los 22 o 23 y entrabas al mundo del trabajo. Hoy esa línea se está rompiendo en dos direcciones opuestas. Los jóvenes demoran más su ingreso al mercado laboral y los mayores de 60 siguen trabajando bastante más allá de lo que se esperaba hace una década.
Según datos analizados recientemente, la participación de los jóvenes en la fuerza laboral ha caído de manera sostenida en varios países, incluyendo tendencias que se replican en Argentina. Al mismo tiempo, la curva de empleo de las personas de 65 años y más muestra una pendiente ascendente clara. No se trata de un fenómeno aislado ni de vagancia individual: responde a cambios profundos en cómo vivimos, estudiamos y nos relacionamos con el dinero y el tiempo.
Parte de la explicación pasa por la educación. Cada vez más chicos y chicas extienden sus estudios universitarios o terciarios, en parte porque las carreras son más largas y en parte porque el mundo digital les abre puertas a formaciones online, cursos cortos y caminos no lineales. Un joven que en 2010 ya estaba buscando su primer empleo formal, hoy puede estar armando un perfil en plataformas de freelancing, probando dropshipping o invirtiendo tiempo en crear contenido mientras termina una materia.
Las redes y las apps también cambiaron la ecuación económica. Muchos jóvenes encuentran formas de generar ingresos que no figuran en las estadísticas tradicionales de “empleo formal”. Unos pesos con encuestas pagas, ventas por Instagram, suscripciones en Twitch o pequeñas tareas en apps de delivery o micromovilidad. No es que no trabajen: es que su trabajo no siempre se parece al que miden las encuestas de fuerza laboral.
Del otro lado de la pirámide etaria, los adultos mayores se quedan porque pueden y porque necesitan. La expectativa de vida subió, la salud mejoró y —en muchos casos— las jubilaciones no alcanzan como antes. Pero también hay un factor cultural: mucha gente de 60 o 65 descubre que disfruta seguir activa, ya sea en roles de consultoría, enseñanza online o simplemente manteniendo un negocio pequeño. Las herramientas digitales facilitan esto: un jubilado que antes estaba limitado a su barrio ahora puede dar clases de guitarra por Zoom o vender productos en Mercado Libre desde su casa.
El cruce de estas dos tendencias genera un mercado laboral cada vez más polarizado por edad. Mientras los puestos de entrada se vuelven más competitivos y exigen experiencia previa (que los más jóvenes no tienen), los roles que valoran conocimiento acumulado y estabilidad siguen siendo ocupados por quienes ya tienen canas.
Desde el punto de vista cultural, esto también modifica costumbres cotidianas. Los jóvenes pasan más años viviendo con sus padres o compartiendo departamentos con amigos, postergando hitos tradicionales como comprar una casa o formar una familia. Los mayores, en cambio, mantienen rutinas que incluyen trabajo remoto, aprendizaje de nuevas apps y una vida social que ya no depende solo del club de jubilados.
El fenómeno no es exclusivo de un país. Datos de Estados Unidos, Europa y parte de Latinoamérica muestran patrones similares, aunque con velocidades distintas. En nuestro caso, la inflación y la inestabilidad económica local probablemente acentúan ambas puntas: los jóvenes buscan estabilidad antes de lanzarse y los mayores intentan complementar ingresos que se licúan mes a mes.
Lo interesante es observar cómo las plataformas y las herramientas digitales están en el centro de este cambio. No solo como medio de ingreso alternativo, sino como espacio donde se construyen identidades laborales nuevas. Un creador de 22 años que vive de sus videos en TikTok no se considera “desempleado”. Un ingeniero jubilado de 68 que asesora startups por videollamada tampoco se siente “retirado”.
El desafío para los próximos años será entender mejor estas nuevas formas de “no estar trabajando” que en realidad son formas distintas de trabajar. Porque los datos muestran que la gente no dejó de hacer cosas: simplemente las hace en momentos y formatos que los viejos formularios de encuesta todavía no saben cómo registrar.